TUMORES CEREBRALES

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El diagnóstico de un tumor cerebral siempre es algo devastador en cualquier paciente y su familia, sobre todo si nos encontramos ante un paciente pediátrico. El camino que hay que recorrer para tratarlos es largo y difícil. Debemos ser optimistas cuando nos enfrentamos a esta enfermedad, porque debido a los avances tecnológicos que podemos utilizar durante la intervención quirúrgica y a la efectividad del tratamiento complementario de la quimioterapia y radioterapia, se ha logrado en los últimos años una importante mejoría en el pronóstico de los pacientes, disminuyendo sustancialmente las secuelas neurológicas.

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¿Son frecuentes los tumores cerebrales pediátricos?

Los tumores del sistema nervioso central representan aproximadamente el 20% del total de las neoplasias infantiles. Ocupan el segundo lugar por su frecuencia solo por debajo de las leucemias y son los tumores sólidos más frecuentes en menores de 15 años. Los tumores cerebrales representan la segunda causa de mortalidad en la edad pediátrica después de los accidentes tanto en Europa como en Estados Unidos. La incidencia anual en la población europea y norteamericana es de 3-5 casos/100.000 habitantes en menores de 15 años, con ligero predominio masculino.

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¿Cuáles son los síntomas habituales?

Generalmente los tumores cerebrales son diagnosticados en urgencias, aunque en ocasiones también lo son en la consulta externa convencional. Los síntomas que puede presentar un tumor cerebral en general son poco específicos, esto ocasiona que en muchos casos exista una demora diagnóstica, sobre todo en pacientes de poca edad. Los factores que influyen en los signos y síntomas son: la localización anatómica de la tumoración, la edad del paciente, el tipo de tumor y si asocia otras alteraciones secundarias al crecimiento de la neoplasia, como puede ser la hidrocefalia (exceso de líquido cefalorraquídeo a nivel intracraneal). Durante los 2 primeros años de vida predominan los tumores cerebrales a nivel supratentorial (anatómicamente corresponde con los hemisferios cerebrales), mientras que en el resto de la primera década la localización más frecuente es la fosa posterior (estructura anatómica que alberga al cerebelo y al tronco del cerebro). En adolescentes y adultos la localización más habitual es la supratentorial.

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¿Cómo se diagnostican?

El primer paso es hacer un buen estudio radiológico con resonancia magnética para poder estudiar la anatomía cerebral y el tumor, llevar a cabo una correcta planificación preoperatoria y así decidir el mejor abordaje quirúrgico posible (como vamos a operar al paciente). En ocasiones, dependiendo de la localización del tumor, necesitamos complementar el estudio con alguna resonancia magnética más específica que nos permita identificar zonas funcionales en la corteza cerebral (área motora y área del lenguaje), o bien circuitos desde la corteza cerebral hasta la médula espinal (lo más frecuente es la vía motora piramidal); o bien, si sospechamos que podemos estar ante un tumor con tendencia a diseminar por la médula espinal añadiremos un estudio de resonancia magnética de columna, aunque todo dependerá de la rapidez con la tengamos que tratar al paciente. El factor tiempo es fundamental para el pronóstico del paciente, ya que una intervención quirúrgica urgente hace que no se pueda dedicar tanto tiempo a la planificación con las pruebas de imagen o disponer de monitorización intraoperatoria, aumentando la probabilidad de complicaciones intra y postoperatorias.

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¿Cómo se tratan?

El manejo clínico de un paciente con un tumor cerebral es complejo y requiere la participación de muchos médicos especialistas. El neurocirujano por norma general suele ser el primer especialista que entra en la escena del tratamiento del paciente. La rapidez de la actuación quirúrgica depende en gran medida del estado neurológico inicial del paciente, sobre todo tenemos en cuenta el nivel de consciencia y los signos-síntomas neurológicos.

 

Una vez que hemos estudiado el tumor, y decido que abordaje o ruta utilizar para intentar extirparlo, el paciente va a quirófano. Para intentar disminuir al máximo las secuelas neurológicas secundarias de la cirugía y dependiendo de la localización del tumor, se emplea la monitorización intraoperatoria, que nos va a indicar a tiempo real si durante la resección del tumor estamos lesionando estructuras nerviosas sanas. Con el mismo objetivo también empleamos un GPS intraoperatorio que se denomina neuronavegador, que nos indica en todo momento en que zona anatómica nos encontramos. Y por supuesto, todas las intervenciones se llevan a cabo haciendo uso de un microscopio de última generación. Siempre haremos un balance entre la cantidad de tumor que se reseca y las posibles secuelas neurológicas. Hay que tener en cuenta que a pesar de utilizar todos los medios tecnológicos modernos disponibles, existe cierto margen de error con el que los cirujanos contamos.

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¿Qué secuelas pueden aparecer tras la cirugía?

Las secuelas que pueden aparecer tras una intervención quirúrgica de este tipo son muchas, tanto en forma de focalidad neurológica (no mover una extremidad, visión doble, parálisis facial…), como en forma de afectación cognitiva (eso se verá tiempo después de la intervención a medida que el paciente vaya creciendo). Dependiendo de la zona donde esté ubicado el tumor podemos predecir que complicaciones pueden ocurrir, por ejemplo, si tenemos que operar tumores cerca del área del lenguaje o de la zona motora cerebral. En las resecciones de la fosa posterior sabemos que existe un riesgo de afectación de los pares craneales (los nervios que se encargan de mover y dar sensibilidad a las estructuras de la cara, audición, deglución y de articular la voz). Cuando damos información a los padres intentamos suavizar toda esta información, siendo realistas con el tipo de cirugía que tenemos que realizar. Aunque hagamos uso de toda la tecnología disponible, nuestra experiencia quirúrgica y qué la intervención transcurra sin ninguna complicación, hasta que el paciente no se despierte y podamos explorarle, no podemos estar seguros que la intervención ha ido bien. Lo cierto es que solamente el hecho de abrir el cráneo tiene riesgo de mortalidad. Esto ocurre tanto en pacientes pediátricos como en adultos, siendo una de las particularidades de la neurocirugía. Una vez que el paciente es operado y si no ha surgido ninguna complicación importante intra o postoperatoria, el paciente suele ser dado de alta en 1 semana aproximadamente. La probabilidad de aparición de estas complicaciones será menor si el paciente es manejado en unidades de neurocirugía pediátrica que tengan experiencia en el tratamiento de tumores cerebrales pediátricos, aunque no existe ninguna unidad en el mundo que no tenga complicaciones.